El idiota

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Habían llegado a la puerta de salida. Michkin se detuvo.

—¿Qué dices? —protestó—. Yo había pronunciado una frase que era casi una broma y tú la tomas en serio. ¿Por qué me has preguntado si creo en Dios?

—Por nada: mera curiosidad. Es una idea que me preocupaba hace tiempo. Ahora hay muchos incrédulos. No sé quién me ha dicho que en Rusia los ateos son más numerosos que en sitio alguno. ¿Es cierto? Tú, que has vivido en el extranjero, lo debes saber.

Rogochin mostraba en los labios una sonrisa maligna. Después de hablar abrió bruscamente la puerta y, con la mano apoyada en el pestillo, esperó a que el visitante se retirase. Michkin salió, no poco desconcertado. Rogochin le siguió al rellano de la escalera y cerró la puerta. Ambos quedaron frente a frente. Parecían haber olvidado dónde estaban ni lo que tenían que hacer.

—Adiós —dijo el príncipe, tendiendo la mano a Rogochin.

—Adiós —repuso su amigo, apretando con fuerza, pero maquinalmente, la mano que se le tendía.

Michkin bajó un peldaño y se volvió. Notábase que no quería abandonar al otro en aquella forma.


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