El idiota
El idiota A las seis se encontró en la estación del ferrocarril de Tzarskoie Selo. La soledad le resultaba ya insoportable y un apasionado impulso arrastraba su corazón. Tomó un billete para Pavlovsk, sintiendo extrema impaciencia por partir. Había sin duda alguna cosa que le perseguía, algo que era una realidad y no un fantaseo, como cupiera creer. Cuando iba a subir al tren, arrojó el billete y salió de la estación, turbado y pensativo. Poco después, en la calle, un recuerdo le acudió de súbito a la memoria. Repentinamente advirtió que estaba preocupado por algo de que no se había dado cuenta hasta entonces. Hacía varias horas, en «Los Dos Platillos», o acaso antes de llegar allí, se había puesto a buscar algo en torno suyo. Esto era notorio. Luego no había pensado más en ello; después lo recordó, y así sucesivamente, y tal olvido duraba largo rato, a veces hasta media hora. Y a la sazón se sorprendía al hallarse dirigiendo en torno suyo miradas curiosas e inquietas por todas partes.