El idiota
El idiota Pero cuando acaba de comprobar en sí este impulso morboso e incluso inconsciente, relampagueó en su memoria otro recuerdo que le interesaba de modo extremado: el de que cuando se había dado cuenta últimamente de estar buscando en torno suyo alguna cosa, se encontraba en una acera, mirando con atención uno de los objetos expuestos en el escaparate de una tienda. Y ahora quería comprobar la exactitud de aquel recuerdo, saber si había estado ante aquel escaparate hacía cinco minutos, o antes. ¿O bien habría soñado? ¿O se confundiría? ¿Existían en realidad la tienda y el objeto que en ella creía haber visto? El hecho era que Michkin se sentía en un estado particularmente inquieto, análogo al que solía preludiar sus ataques de epilepsia. Él sabía que en aquel período preliminar al acceso padecía extraordinarias distracciones, confundiendo a menudo personas y cosas si no les dedicaba un especial esfuerzo de atención. Había, por ende, un motivo concreto que le impelía a asegurarse de la realidad del hecho, y era que entre los artículos que se exhibían en el escaparate de la tienda figuraba uno que él había examinado de manera especial, valorándolo en unos sesenta kopecs, lo que recordaba muy bien, pese a la turbación y desorden de sus ideas. Por consiguiente, si la tienda existía y el objeto figuraba entre los expuestos a la venta, era precisamente tal objeto lo que había inducido a Michkin a detenerse. Precisábase, pues, que tuviera para él un interés muy vivo, cuando había cautivado su atención y fijádose en su memoria en el momento de salir de la estación, es decir, en un instante en que se sentía víctima de una inquietud dolorosísima.