El idiota

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Más tarde, recordando aquellos momentos, Michkin se atormentó formulándose una pregunta, insoluble para él: ¿Cómo podía unirse un sentimiento tan bello y verdadero a una burla tan maligna y patente? Porque Michkin no dudaba de que se trataba de una burla, y tenía buenas razones sobre las que fundar su convicción. Aglaya, al recitar los versos, había substituido las letras A. M. D. por N. F. B. El príncipe estaba seguro de haberlas entendido perfectamente, y más adelante pudo comprobarlo así. En todo caso, la burla —porque sin duda lo era, y no poco cruel— se agravaba por la premeditación con que se había preparado. Hacía un mes que todos hablaban del «hidalgo pobre», riéndose de él. No obstante, en vez de subrayar las letras irónicamente, en lugar de hacer que resaltasen ante todos, Aglaya las pronunció con gravedad imperturbable, con una sencillez tan cándida e inocente como si realmente fueran las que se contenían en el texto. El príncipe sintió una punzada en el corazón. Lisaveta Prokofievna, naturalmente, no notó la variante introducida en el poema. Ivan Fedorovich no reparó sino en que se estaban declamando unos versos. De los demás oyentes, hubo muchos que comprendieron la alusión y se sorprendieron de su atrevimiento y de la insinuación que encerraba. Michkin notó que Eugenio Pavlovich, por el contrario, había comprendido y deseaba hacer ver que había comprendido. Su sonrisa, francamente burlona, no podía tener otro significado.


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