El idiota
El idiota —¡Qué hermoso es! —exclamó la generala, con admiración, cuando su hija concluyó de recitar—. ¿Quién ha escrito ese poema?
—Puchkin, maman. ¡No nos pongas en evidencia! —dijo Adelaida.
—Lo único raro es que yo no sea más necia aún de lo que soy, teniendo las hijas que tengo —repuso la generala, con acritud Cuando volvamos a casa, dadme el libro en que están esos versos.
—Creo que no tenemos ningún libro de Puchkin en casa.
—SÃ: hay dos tomos en muy mal estado, que andan por allà desde tiempo inmemorial —dijo Alejandra.
—Enviad a comprar la obra a San Petersburgo. Que vayan Fedor o Alejo en el primer tren. Mejor Alejo. Ven aquÃ, Aglaya; abrázame. Has declamado muy bien la poesÃa. Pero si la recitaste sinceramente —agregó en voz muy baja—, lo siento por ti. Y si se trató de una broma, no puedo aprobar tus sentimientos. En un caso u otro, no has hecho bien. ¿Comprendes? Ea, vete. PodrÃa decirte mucho más, pero no acabarÃamos nunca.
Entre tanto Michkin cambiaba los usuales cumplimientos con Radomsky, a quien Ivan Fedorovich acababa de presentarle.