El idiota

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La conversación tomó pronto otro rumbo, sin que por ello se calmase la agitación general. El príncipe, observador atento de cuanto pasaba en torno suyo, encontraba muy extraña la emoción producida por una circunstancia tan insignificante. «Debe de encerrarse algo más en el fondo de todo esto», se decía.

—¿De modo —preguntó Radomsky, acercándose a Aglaya— que aún continúa de moda el hidalgo pobre?

Con gran extrañeza de Michkin, la joven miró a Radornsky afectando profunda sorpresa, como dándole a entender que no tenía por qué tratar con él del «hidalgo pobre», y que ni siquiera le constaba a qué se refería.

Kolia afirmaba a Lisaveta Prokofievna:

—Le digo y le diré tres mil veces seguidas que no es momento de enviar a San Petersburgo a buscar un tomo de Puchkin. ¡Es muy tarde!

Radomsky, que ya se había separado de Aglaya, ratificó la opinión del escolar.

—Sí. Es muy tarde. Incluso creo que deben de estar cerradas las tiendas en San Petersburgo. Son más de las ocho —dijo después de mirar su reloj.

—Puesto que se ha esperado hasta ahora, bien se puede esperar hasta mañana —apoyó Adelaida.


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