El idiota

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—Y además —dijo Kolia— es incorrecto que las gentes distinguidas se interesen tanto por la Literatura. Pregunten a Eugenio Pavlovich si no es mucho más elegante poseer un charabán amarillo con ruedas rojas.

—¡Otra vez una cita de cosas leídas, Kolia! —le reprochó Adelaida.

—Nunca habla sino a base de citas de frases que lee en las revistas —declaró Radomsky—. Hace tiempo que tengo el gusto de disfrutar de la conversación de Nicolás Ardalionovich, y lo sé. Sin embargo, esta vez no repite lo que ha leído, sino que alude a mi coche amarillo con ruedas encarnadas. Sólo que ya no tiene razón en lo que dice, porque he cambiado de coche.

Michkin escuchaba lo que Radomsky decía pareciéndole que el joven era correcto, amable y sencillo. A la broma de Kolia había respondido de modo amistoso y como de igual a igual, detalle que agradó al príncipe más que nada.

—¿Qué es eso? —preguntó la generala a Vera, que, en pie ante ella a la sazón, le ofrecía varios volúmenes, todos de gran tamaño, bien encuadernados y casi nuevos.

—Las obras de Puchkin —dijo Vera—. Mi padre me ha mandado que se las traiga.

—¿Cómo? ¿Es posible? —exclamó, sorprendida, Lisaveta Prokofievna.


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