El idiota
El idiota —No se los regalo, no —dijo precipitadamente Lebediev, apareciendo—. No me atrevo a tomarme tal libertad. Se los cedo por su justo precio. Es nuestro Puchkin, la colección de nuestra familia, de la edición de Annenkov, que no se encuentra hoy en sitio alguno. Se la doy por lo que vale. Propongo respetuosamente a Vuecencia que me la compre para extinguir la noble sed literaria que la devora.
—¡Ah! ¿Quieres venderlo? Está bien: gracias. No perderás nada; no temas. Pero no hagas extravagancias, padrecito. He oÃdo hablar de ti; dicen que eres muy inteligente. Quiero hablar contigo alguna vez. ¿Por qué no me llevas tú mismo esos libros?
—Con el mayor placer… y respeto —contestó Lebediev, haciendo extraordinarias muecas, hijas de la satisfacción que experimentaba.
Y tomó los volúmenes de manos de su hija.
—Llévalos con respeto o sin él, con tal de que no pierdas ninguno en el camino —repuso Lisaveta Prokofievna—; pero con una condición: que no cruces el umbral de mi puerta, porque hoy no me propongo recibirte. En cambio, puedes mandar cuando te parezca a tu hija Vera. Esta muchacha me agrada mucho.