El idiota
El idiota —No, prÃncipe, no basta —dijo el sobrino de Lebediev, logrando dominar el tumulto con su voz—. Es preciso exponer el asunto con claridad, porque veo que no lo comprenden asÃ. Ya se hace intervenir aquà la cuestión jurÃdica, y en nombre de ella se amenaza con ponernos en la puerta. Realmente, ¿nos cree usted tan necios que no conozcamos que nuestra reclamación no posee fundamento jurÃdico y que desde el punto de vista legal no tenemos derecho a reclamar un rublo? Pero sabemos, en cambio, que si el derecho positivo está contra nosotros, tenemos en cambio a favor el derecho humano, el derecho natural, el derecho del buen sentido y de la conciencia, cuyas prescripciones, aunque no figuren en los mezquinos códigos de los leguleyos, no por eso dejan de obligar a todo hombre sincero y honrado, es decir, a todo hombre de sano juicio. Si hemos venido sin temor de que se nos pusiese en la puerta (con lo que se nos ha amenazado hace un instante) en virtud del carácter imperativo de nuestra reclamación y de la visita a tal hora (aunque no era tal cuando vinimos y lo es a causa de nuestra larga espera en la antesala), si hemos entrado, repito, sin temor, ha sido precisamente porque contábamos encontrar en usted un hombre de buen sentido, esto es, de honor y de conciencia. Es verdad que no nos hemos presentado humildemente, como sus parásitos y aduladores, sino con la cabeza alta, como conviene a hombres independientes, y que no hemos formulado una petición, sino una intimación orgullosa y abierta (porque fÃjese en que no solicitamos, sino que exigimos). Nosotros le preguntamos, con toda energÃa y franqueza: ¿cree usted tener razón en el asunto de Burdovsky? ¿Reconoce usted que Pavlitechv le colmó de beneficios y hasta acaso le salvó de la muerte? Si lo reconoce asÃ, lo que es superfluo preguntar, ¿no encuentra usted ajustado a la equidad indemnizar al desgraciado hijo de Pavlitechv, aun cuando lleve el nombre de Burdovsky? ¿Sà o no? Si es «sû, o, en otras palabras, si usted posee lo que en el lenguaje de ustedes se llama honor y conciencia y nosotros, con más precisión, llamamos, en el nuestro, buen sentido, entonces satisfaga nuestra demanda y asunto terminado. Atiéndanos sin ruegos ni agradecimientos por nuestra parte, y no espere nada de nosotros, porque lo que haga no será por nosotros, sino por la justicia. Si se niega usted a satisfacernos, si dice «no», nos retiraremos y el asunto quedará terminado también. Pero entonces le diremos en la cara, ante todos los presentes, que es usted un hombre de espÃritu grosero y de un desenvolvimiento moral Ãnfimo y le negaremos el derecho de hablar en adelante de su honor y su conciencia, puesto que será un derecho que querrá comprar muy barato. He concluido. La cuestión está planteada. Expúlsenos, si se atreve. Puede hacerlo, porque ello está en su mano. Pero recuerde que exigimos y no imploramos. ¡Exigimos, no imploramos!