El idiota

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Y pronunciadas estas palabras con extraordinaria vehemencia, el sobrino de Lebediev guardó silencio.

—¡Exigimos, exigimos, exigimos y no imploramos! —tartamudeó Burdovsky, rojo como una langosta.

A raíz del discurso del sobrino de Lebediev, se produjo en los reunidos cierta conmoción. Oyéronse murmullos; pero todos, excepto Lebediev, cada vez más excitado, procuraban no inmiscuirse en el asunto. Era de notar que el funcionario, aunque estuviese de parte del príncipe, parecía orgulloso de la elocuencia de su sobrino. Al menos paseó sobre la concurrencia una mirada en que se traslucía cierta vanidosa satisfacción familiar.

—Creo —comenzó Michkin, con un tono moderado— que tiene usted razón, señor Doktorenko, en la mitad de cuanto ha dicho. Incluso consentiría en darle la razón en absoluto, si no olvidase usted cierto aspecto del asunto. Lo que ha olvidado es que no puedo definirle con precisión, pero es cosa indudable que para que su lenguaje sea justo le falta algo. Mas, dejando eso y yendo al grano, ¿quieren decirme, señores, por qué han publicado ese artículo? No contiene una palabra que no sea una calumnia, y además, en mi opinión, con él han cometido ustedes una vileza.

—¡Perdón, pero…!

—¡Señor mío…!

—¡Esas palabras! —exclamaron a la vez todos los excitados visitantes.


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