El idiota
El idiota —¡Es intolerable! —rezongó Epanchin.
—PermÃtanme, señores, permÃtanme —rogó el prÃncipe—. Les voy a exponer el asunto. Hace cinco semanas recibà la visita del señor Tchebarov, apoderado del señor Burdovsky. Usted, señor Keller —intercaló Michkin, volviéndose al ex oficial, con una sonrisa— hace en su artÃculo una descripción muy halagüeña de Tchebarov, pero a mà no me agradó extraordinariamente. Desde el primer momento comprendà que Tchebarov era el alma de todo esto y que, hablando francamente, habÃa abusado de la ingenuidad del señor Burdovsky para promover esta reclamación.
—¡Usted no tiene… derecho! ¡Yo no soy… un ingenuo! —balbució Burdovsky, agitadÃsimo.
—No tiene usted el derecho de sugerir tales apreciaciones —declaró, con tono de autoridad, el sobrino de Lebediev.
—Lo que dice usted es infinitamente ofensivo —clamó Hipólito—. Se trata de una suposición gratuita, hiriente y fuera de lugar.