El idiota

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Las palabras de Gabriel Ardalionovich produjeron hondo asombro. En medio de una excitación general, Burdovsky volvió a levantarse.

—Siendo así, he sido engañado, engañado… hace mucho tiempo… Pero no por Tchebarov… No quiero peritos… no quiero ir a su casa… no quiero los diez mil rublos… Renuncio a todo. Adiós…

Cogió su sombrero y empujó hacia atrás su silla, para retirarse. Gania le dijo amablemente:

—Le ruego que espere cinco minutos si le es posible, señor Burdovsky Debo revelar ciertos hechos de la mayor importancia, en especial para usted. Por lo menos, hechos muy curiosos. Considero indispensable que los conozca y seguramente no lamentará usted que este asunto llegue a su total esclarecimiento.

Burdovsky volvió a sentarse en silencio e inclinó la cabeza, cual un hombre sumido en profundas meditaciones. El sobrino de Lebediev, que se había levantado para acompañar a su amigo, se sentó, también. Doktorenko no había perdido su confianza en sí mismo, ni su presencia de ánimo, pero se le notaba cierto desasosiego. Hipólito parecía anonadado y, en apariencia, muy sorprendido. En aquel momento sufrió un violento acceso de tos, llevóse el pañuelo a la boca y lo retiró manchado de sangre. El boxeador estaba casi aterrorizado.


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