El idiota
El idiota —¡No faltarÃa más que rehusaras! —exclamó el general dando libre curso a su descontento—. AquÃ, amigo mÃo, no se trata de que «no rehúses», sino de que aceptes la resolución de Nastasia Filipovna con entusiasmo, con alegrÃa, sintiéndote dichoso… Dime: ¿qué sucede en tu casa?
—Eso no importa. En casa, todo depende de mi voluntad. Mi padre, como de costumbre, sigue haciendo disparates. ¡Ya sabe usted a qué punto ha llegado! Yo no le dirijo la palabra, pero le refreno y, de no ser por mi madre, le habrÃa echado de casa. Mi madre, naturalmente, se pasa el dÃa llorando y mi hermana disgustadÃsima, desde que les he declarado francamente que sólo yo tengo derecho a decidir de mi futuro, que el amo en casa soy yo y que deseo ser obedecido. Todo eso se lo dije a mi hermana delante de mi madre.