El idiota

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—Ayer por la mañana —respondió Keller— celebramos una entrevista que todos prometimos por nuestro honor mantener secreta.

—¡Y entre tanto este gusano se arrastraba ante ti y te aseguraba su adhesión, príncipe! ¡Qué gentuza! Ya puedes guardarte tu Puchkin, ¿lo oyes, tú? Y que no se le ocurra a tu hija poner los pies en mi casa.

La generala hizo un movimiento para levantarse, pero, viendo reír a Hipólito, le preguntó con irritación:

—Has querido ponerme en ridículo, ¿verdad?

—No lo permita Dios —dijo él, con forzada sonrisa—. ¡Me sorprende mucho su extraordinaria originalidad, Lisaveta Prokofievna! Si le he mencionado la doblez de Lebediev, ha sido a propósito, porque sabía el efecto que iba a causarle. A causarle sólo a usted, porque el príncipe lo perdonará todo o, mejor dicho, ya lo ha perdonado. De seguro ha buscado y encontrado mentalmente una excusa para Lebediev. ¿No es así, príncipe?

A cada palabra que pronunciaba, la excitación del muchacho crecía. Respiraba con inmensa dificultad.

—¿Y qué? —preguntó la generala, extrañada por el acento del joven.

—He oído contar acerca de usted, Lisaveta Prokofievna, muchas cosas parecidas, que me han producido viva satisfacción y me han acostumbrado a apreciarla —continuó Hipólito.


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