El idiota
El idiota —¿Has acabado ya? ¿Has acabado ya de una vez? Anda y vete a acostarte. Tienes fiebre —dijo, impaciente, Lisaveta Prokofievna, cuya mirada inquieta no se separaba del enfermo—. ¡Dios mío! Aun va a hablar más…
—Me parece que se ríe usted. ¿Por qué se burla de mí? He notado que no deja usted de reírse a mi costa —dijo Hipólito, con acento irritado, a Eugenio Pavlovich, que reía, en efecto.
—Sólo quería preguntarle, señor Hipólito; perdón, pero he olvidado su apellido.
—Señor Terentiev —dijo Michkin.
—Eso es. Gracias, príncipe; lo había oído antes, pero no me acordaba. Quería preguntarle, señor Terentiev, si es cierto lo que he oído decir de usted: y es que, caso de poder hablar a la gente desde una ventana durante un cuarto de hora, se juzga capaz de convencer a cuantos pasen y ganarlos a sus ideas.
—Es posible que lo haya dicho así —repuso Hipólito, tras un rato de parecer buscar en sus recuerdos—. ¡Sí: lo he dicho! —exclamó de pronto con animación, fijando en Eugenio Pavlovich una mirada de confianza.
—¿Qué deduce usted de eso?
—Nada en absoluto. Sólo se lo preguntaba a título de informe complementario.