El idiota
El idiota —Yo les creÃa capaces de elevarse un poco —declaró Hipólito, saliendo de su especie de ensueño. Y con la alegrÃa de quien acaba de recordar una cosa olvidada, agregó—: Eso es lo que yo querÃa decir. Vean. Burdovsky ha querido con toda sinceridad defender a su madre. Y aquà se opina que la deshonra. El prÃncipe quiere ayudar a Burdovsky y le ofrece su amistad y una buena suma de dinero. Acaso sea el único de ustedes que no siente desdén por Burdovsky. Y, sin embargo, ahà los tienen, hostiles como verdaderos enemigos. ¡Ja, ja, ja! Todos ustedes aborrecen a Burdovsky porque su modo de obrar, respecto a su madre les extraña y repele. ¿Verdad que sÃ? ¿No es cierto? ¿No es cierto? Todos ustedes son esclavos de la elegancia y la distinción de formas. Sólo les preocupa eso, ¿no? Hace mucho que me lo figuraba. Pues, no obstante (¡entérense!) es posible que ninguno de ustedes haya querido a su madre como Burdovsky a la suya. Ya sé, prÃncipe, que usted ha enviado dinero secretamente a esa anciana por intervención de Ganetchka. Pues bien: creo que Burdovsky juzga indelicado ese proceder. ¡Je, je, je! —rio histéricamente—. ¡Eso es! ¡Ja, ja, ja!
Su respiración volvió a entrecortarse. Rompió a toser.