El idiota
El idiota HabÃa escuchado con atención el relato del prÃncipe y ahora sus ojos parecÃan querer sondear el alma de Gania.
—Probablemente todo se reduce a una necedad de ese Rogochin —murmuró el secretario, un tanto turbado, como el general, por lo que acababa de oÃr—. He oÃdo hablar de él. Es hijo de un mercader, y además un libertino…
—También yo he oÃdo mencionarle —dijo el general— con motivo de lo de los pendientes de diamantes. Nastasia Filipovna nos contó el episodio. Pero ahora es otra cosa. Aquà hay de por medio un millón tal vez y… una pasión… Pongamos que esa pasión sea la de un libertino: eso no implica que haya de ser menos violenta. Ya se sabe de lo que son capaces gentes asà cuando están bebidas… En fin… ¡Con tal que no surjan complicaciones! —concluyó el general, preocupado.
—¿Teme usted el millón? —sonrió Gania.
—¿Acaso no lo temes tú?
Gania se volvió súbitamente a Michkin.
—¿Qué le parece ese Rogochin, prÃncipe? ¿Un hombre serio o un necio? ¿Cuál es su opinión personal?