El idiota
El idiota Satisfecho al hallarse solo, el príncipe salió de la terraza, cruzó el camino y entró en el parque. Se proponía meditar sobre un proyecto que acababa de acudir a su mente. Pero era un proyecto de esos que exigen un arranque, porque no resisten a una reflexión madura. Michkin acababa de sentir el súbito deseo de abandonarlo todo, de volver al remoto lugar de que viniera, de hundirse en una lejana soledad, de desaparecer en el acto, sin despedirse de nadie. Preveía que, de aplazar su marcha sólo unos pocos días, quedaría definitivamente afincado en aquel ambiente y no podría desprenderse de él jamás. Mas le bastaron menos de diez minutos para reconocer que una fuga así era imposible, que incluso representaba una cobardía y que ante él se presentaban problemas que se hallaba en la obligación de solucionar. Y así, hostigado de estos pensamientos, volvió a su casa tras un paseo de un cuarto de hora escaso, sintiéndose auténticamente desdichado en aquellos instantes.