El idiota
El idiota Lebediev no había vuelto aún. Hacia el caer de la noche, Keller logró introducirse en el cuarto de Michkin y, aunque no se hallaba ebrio, abrumó al príncipe con sus confidencias y expansiones. Declaró en primer lugar que deseaba contar a Michkin toda su vida, y que sólo para ello se había quedado en Pavlovsk. No había modo de desembarazarse de él o inducirle a irse. Keller llevaba preparado un largo discurso; pero tras algunas palabras incoherentes a guisa de preámbulo, saltó a la conclusión, manifestando que, como consecuencia de haber dejado de creer en el Omnipotente, había perdido «toda huella de moralidad», convirtiéndose en un verdadero ladrón.
—¿Lo cree? ¿Le parece posible?
—Escuche, Keller —dijo el príncipe—: no tiene por qué confesar semejante cosa, no siendo en caso de necesidad absoluta. Pero creo que se calumnia usted adrede.