El idiota
El idiota —Se lo digo a usted, a usted solo, y únicamente pensando en mi mejora moral. No lo he dicho a nadie, ni lo diré; mi secreto me acompañará a la tumba. Pero ¡si usted supiese, príncipe, qué difícil es en nuestra época procurarse dinero! ¿Dónde encontrarlo, dígame? La contestación es siempre la misma: «Tráiganos garantía en oro o diamantes y le haremos un préstamo». Es decir, que me proponen precisamente lo que no puedo hacer. ¿Es concebible semejante cosa? Una vez me enfadé y dije: «¿No me prestaría también dinero sobre esmeraldas?». «También sobre esmeraldas», me contestaron. «Bien», repuse. Tomé el sombrero y salí. ¡Malditos bribones!
—¿Tenía usted esmeraldas?
—¡Tener yo esmeraldas! ¡Con qué cándida serenidad, bucólica casi, considera usted aún la vida, príncipe!