El idiota

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Michkin comenzaba a sentir desazón y disgusto pensando en aquel hombre y preguntábase si no se podría hacer algo por él, sometiéndole a una buena influencia. No confiaba precisamente en su influencia propia, y no porque la despreciase por humildad, sino porque tenía un modo especial de ver las cosas. Gradualmente, la conversación se animó e hízose tan interesante que ninguno de los interlocutores pensaba en terminarla. Keller confesó con extraordinaria naturalidad actos de los que nadie se hubiera reconocido culpable. A cada nuevo relato que iniciaba se afirmaba arrepentido y «deshecho en lágrimas íntimas»; pero luego, relatando, parecía jactarse de sus malas acciones. A ratos se explicaba de un modo tan cómico, que el príncipe y él acabaron riendo como locos.

—Lo notable es que hay en usted una confianza extraordinaria e infantil —dijo Michkin, al final—. ¿Sabe que eso le redime de muchas cosas?

—Soy noble, noble, caballerescamente noble —repuso Keller—, pero esta nobleza, príncipe, no existe sino en sueños, como un ideal, y no se manifiesta jamás en la práctica. ¿Por qué? No acierto a comprenderlo.

—No desespere. Puede decirse, sin temor a equivocarse, que me ha contado usted al detalle toda su existencia. Al menos, me parece imposible que usted pueda añadir nada a lo ya relatado. ¿Verdad?


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