El idiota
El idiota —Atiéndame, prÃncipe. Me he quedado aquà desde ayer, en primer término, porque tengo muy particular estima por el arzobispo francés Bourdalone (cuyos escritos hemos estado saboreando en la habitación de Lebediev hasta las tres de la madrugada) y en segundo, y principal (le juro por lo más sagrado que digo la verdad pura), porque querÃa, haciendo ante usted una confesión cordial y completa, favorecer mi desarrollo moral. Tal era mi idea, que me hizo deshacerme en llanto cuando me dormÃ, a las cuatro de la madrugada. Si quiere creer en la palabra de un hombre de honor, en el minuto preciso en que me dormÃa, colmado de lágrimas (y externas, porque recuerdo perfectamente que me quedé dormido sollozando), se me ocurrió una idea diabólica: «¿Y si después de tu confesión le pidieses dinero?». De modo que toda la confesión ha sido un ardid para asegurar el éxito del golpe y conseguir al final que me prestase usted ciento cincuenta rublos. ¿No le parece esto una bajeza?