El idiota
El idiota —No habla usted con exactitud. Una cosa se ha mezclado a otra y nada más. Las dos ideas se han confundido, lo que pasa muy a menudo. Lo mismo me sucede siempre a mÃ. Por lo demás, el experimentarlo no es cosa conveniente y usted sabe, Keller, que soy el primero en reprochármelo. Cuando usted hablaba antes, me parecÃa oÃr mi propia historia. A veces he llegado a pensar que toda la gente debÃa ser asà —continuó el prÃncipe, a quien el tema parecÃa interesar sumamente— y esto me consolaba en parte, haciéndome admitir la imposibilidad de luchar contra esas ideas mixtas, aunque yo lo haya ensayado. ¡Sólo Dios sabe cómo se originan semejantes pensamientos! Y usted, al hablar de este caso, lo califica rotundamente de bajeza. Desde ahora tales ideas van a producirme temor. De todos modos, no soy yo el llamado a juzgarle, pero me parece que calificar de bajeza su acción es ir demasiado lejos. ¿Qué le parece? Ha empleado usted una astucia para pedirme dinero; pero usted jura que, independientemente del motivo, su confesión es sincera. En cuanto al dinero lo quiere usted para bebérselo, ¿verdad? Y ello, después de su confesión, es, realmente, una cobardÃa. Pero ¿cómo renunciar en un instante al hábito de beber? Es imposible. ¿Qué hacer, pues, en este caso? Lo mejor es dejarlo al juicio de su propia conciencia. ¿Qué le parece?