El idiota
El idiota Michkin miraba a Keller con viva curiosidad. Era evidente que la cuestión de las ideas mixtas o dobles le preocupaba desde hacÃa tiempo.
—¡No comprendo cómo, después de oÃrle, puede calificársele de idiota, prÃncipe! —exclamó el boxeador. Michkin se ruborizó ligeramente.
—El mismo predicador Bourdalone no habrÃa justificado a todos los hombres, y, sin embargo, usted me justifica, me juzga humanamente. Para castigarme y probarle que me ha conmovido, no le aceptaré los ciento cincuenta rublos. Déme sólo veinticinco y me bastarán. No necesito más, al menos en dos semanas. Antes de quince dÃas no volveré a pedirle dinero. QuerÃa hacer un regalo a Agachka, pero en realidad no lo merece. ¡Dios le bendiga, querido prÃncipe!
Entró Lebediev, que volvÃa de San Petersburgo. El ver un billete de veinticinco rublos en la mano del boxeador le hizo arrugar el entrecejo; pero Keller, sintiéndose ya opulento, no tardó en desaparecer. Cuando hubo salido, Lebediev comenzó a criticarle.
—Es usted injusto con él. Está sinceramente arrepentido —atajó el prÃncipe.
—¿Y en qué consiste ese arrepentimiento? Le pasa lo mismo que a mà ayer cuando decÃa: «¡Soy muy vil, muy vil!». Pero todo se queda en palabras.
—¿Sólo en palabras? Yo creÃa lo contrario.