El idiota
El idiota Nuevas muecas de Lebediev. Luego comenzó a reír, se frotó las manos, y hasta emitió algunos sonidos guturales, pero no dijo una palabra.
—Ya veo que ha intervenido usted en ello.
—Indirectamente, sólo indirectamente. Le digo la pura verdad. Me he limitado a hacer saber oportunamente a cierta persona el hecho de que estaban reunidos en mi casa ciertos señores y señoras…
—Me consta que ha enviado usted su hijo a decirlo: él mismo me lo ha contado antes. Pero ¿a qué viene toda esta intriga? —exclamó el príncipe, con impaciencia.
—No soy yo quien la ha urdido —afirmó Lebediev, agitando los brazos como para rechazar una amenaza—, no soy yo. La han maquinado otros. Y, hablando en rigor, más bien es una fantasía que una intriga.
—Pero ¿de qué se trata? ¿No comprende cuánto me afecta este asunto? ¿No ve que se ha arrojado una mácula sobre Eugenio Pavlovich?
El rostro de Lebediev volvió a contraerse.
—¡Príncipe! ¡Ilustre príncipe! No me deja usted decir toda la verdad. Varias veces he querido hacérsela saber; pero nunca me ha permitido usted continuar…
El príncipe calló y quedó pensativo. Era notorio que se libraba en su ánimo una violenta lucha. Al fin articuló penosamente: