El idiota
El idiota —Bien: diga toda la verdad.
—Aglaya Ivanovna… —comenzó Lebediev, bajando la voz.
—¡Silencio, silencio! —gritó Michkin, ruborizándose, lleno de ira y acaso de vergüenza también—. Todo eso es imposible y absurdo. Sólo usted u otros locos como usted pueden haberlo inventado. ¡Qué no le vuelva a oÃr decir una palabra sobre ese asunto!
Eran más de las diez de la noche cuando Kolia llegó de San Petersburgo, cargado de noticias: unas de San Petersburgo; otras de Pavlovsk. Relató, premioso, lo esencial de las noticias de San Petersburgo (muchas de ellas relativas a Hipólito y a la escena del dÃa antes) y pasó a las noticias de Pavlovsk, pensando insistir después en las primeras. Kolia habÃa tornado tres horas antes de la capital, yendo primero a visitar a las Epanchinas. «¡Aquello es terrible!», comentó. En primer plano estaba el incidente del carruaje; pero habÃa sucedido algo más, ignorado por Michkin.
—Naturalmente —dijo Kolia—, no he hecho preguntas ni tratado de olfatear nada. Se me ha recibido, y mejor de lo que esperaba; pero de usted no se habló una sola palabra, prÃncipe.