El idiota
El idiota —Ante todo, querido prÃncipe, no te enfades conmigo. Si estás molesto por algo, olvÃdalo. Por mÃ, te hubiese visitado ayer mismo, pero no sabÃa cómo podrÃa tomarlo mi mujer… Mi casa se ha convertido en un infierno. Parece haberse instalado allà una inescrutable esfinge y por vueltas que se den a las cosas no se puede sacar nada en limpio. A mi juicio, tú eres menos culpable de lo que pasa que cualquiera de nosotros, aunque gran parte de ello haya sucedido por causa tuya. Mira, prÃncipe, es agradable ser filántropo; pero no conviene exagerar la nota. Acaso te hayas dado cuenta de lo que te digo. Me gusta, por supuesto, la bondad; estimo a mi mujer; pero…
El general siguió hablando mucho tiempo en parecida forma, con no poca incoherencia en sus palabras. Se le notaba turbado por alguna cosa incomprensible para él. Al fin se expresó con más claridad.