El idiota
El idiota —Para mà es indudable que tú no has intervenido en nada de esto; pero te ruego, como amigo, que no vayas a casa en algún tiempo, hasta que no cambien los vientos que corren allÃ. En lo que concierne a Eugenio Pavlovich —aseguró, acalorándose lo que se ha dicho de él es una insensata calumnia, la más calumniosa calumnia que cabe imaginar. Se trata de una impostura y una intriga encaminada a echar abajo nuestros planes mutuos y a indisponernos. Entre nosotros, prÃncipe, puedo decirte que Eugenio Pavlovich no ha pronunciado una sola palabra aún, ¿comprendes? Hasta ahora, nada nos une. Pero la palabra puede ser pronunciada, y acaso pronto, y acaso en seguida… ¡Y se ha querido impedirlo! Ignoro por qué y para qué. Esa mujer es desconcertante, excéntrica; me asusta hasta el punto de quitarme el sueño… Y luego ese carruaje, esos caballos blancos… Son realmente «chic». SÃ, «Chic», como se dice en francés. ¿Quién la mantiene con ese boato? Anteayer formulé un juicio temerario: pensé que podrÃa ser Eugenio Pavlovich. Pero él me ha demostrado la imposibilidad de semejante cosa. Y entonces, ¿qué interés tiene Nastasia Filipovna en provocar una ruptura entre nosotros? ¡Ese es el problema! ¿Se propone reservarse a Eugenio Pavlovich para sÃ? Pero te repito, te juro por la santa cruz, que los dos no se tratan y que esos pagarés son una invención. ¡Y con qué desvergüenza le tutea en plena calle! ¡Se trata de una maniobra evidente! Claro que nosotros debemos rechazarla con desprecio y duplicar la estima que profesamos a Eugenio Pavlovich. Asà lo he dicho a Lisaveta Prokofievna. Y ahora te confesaré lo que pienso en el fondo: que Nastasia Filipovna obra asà por rencor personal contra mÃ. A causa del pasado, ¿sabes?, aunque yo nunca le haya hecho nada. Sólo al pensarlo, me avergüenzo. Y ahora, ya la tenemos otra vez en escena, cuando yo la creÃa desaparecida definitivamente. Y ¿dónde está Rogochin?, ¿quieres decÃrmelo? Yo creÃa que ella era hace mucho tiempo mujer de Rogochin…