El idiota

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En resumen, el general estaba desorientado en absoluto. En la hora larga que duró el viaje, hizo preguntas, contestólas lo mismo, estrechó la mano de Michkin, y convenció a éste de que no le juzgaba complicado ni remotamente en el incidente del coche. Esto era lo principal para Michkin. El general terminó con algunas palabras referentes al tío de Eugenio Pavlovich, jefe de un departamento ministerial de San Petersburgo:

—Ocupa un buen cargo, cuenta setenta años, y es un viveur, un gourmand, un viejo que sigue al pie del cañón… ¡Ja, ja! Sé que ha oído hablar de Nastasia Filipovna y que incluso ha pretendido conseguir sus favores. Fui a visitarle hace poco; pero se hallaba enfermo y no recibía. Es rico, muy rico, tiene muy buena posición y… Dios le dé muchos años de vida, claro; pero el caso es que su fortuna irá a parar a Eugenio Pavlovich. Sí… sí… Y, no obstante, temo algo, no sé el qué; pero una cosa que me asusta. Me parece notar algo amenazador que se cierne en el aire, como un murciélago… y tengo miedo, tengo miedo…

Sólo al tercer día, como ya dijimos, se produjo la reconciliación formal de las Epanchinas con León Nicolaievich.


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