El idiota
El idiota Eran las siete de la tarde. El prÃncipe se disponÃa a salir al parque cuando vio aparecer en la terraza a Lisaveta Prokofievna. Iba sola.
—Ante todo —principió la generala—, no te figures que vengo a pedirte perdón. ¡Nunca! Toda la culpa es tuya.
El prÃncipe quedó silencioso.
—¿Eres culpable o no?
—Tanto como usted. Por lo demás, ninguno hemos procedido con mala intención. Anteayer me creÃa culpable; pero ya me he convencido de que me engañaba.
—¡Eres el mismo de siempre! Vamos, escucha y siéntate, porque no me propongo estar aquà en pie.
Se sentaron.
—En segundo lugar, ni una palabra sobre aquellos descarados mozalbetes. Sólo puedo dedicarte diez minutos. Aunque acaso imaginases Dios sabe el qué, sólo he venido aquà a pedirte un informe. Y si haces una sola alusión a aquellos chicuelos, me voy y todo ha terminado entre nosotros.
—Bien —repuso Michkin.
—PermÃteme una pregunta: ¿has escrito una carta, hace dos meses o dos meses y medio, sobre Pascua poco más o menos, a mi hija Aglaya?
—SÃ.
—¿Con qué objeto? ¿Qué decÃas en esa carta? ¡Enséñamela!