El idiota
El idiota Los ojos de la generala relampagueaban. Todo su cuerpo se estremecÃa de impaciencia.
—No la tengo —contestó Michkin con timidez—. Si esa carta no ha sido destruida, está en poder de Aglaya Ivanovna.
—No eludas la cuestión. ¿Qué le decÃas?
—No eludo nada, y no temo nada. No veo por qué no habÃa de escribirle…
—¡Cállate! Ya hablarás después. ¿Qué decÃas en la carta? ¿Por qué te has ruborizado?
Michkin reflexionó un instante.
—No sé lo que piensa usted, Lisaveta Prokofievna; pero veo que esa carta le desagrada mucho. Reconozca que podrÃa negarme a contestar a semejante pregunta. Mas para probarle que no temo nada como consecuencia de mi carta, y que no deploro haberla enviado, y que no me ruborizo de ella —mientras hablaba su rubor iba acentuándose más cada vez—, voy a repetÃrsela, porque creo recordarla de memoria.
Y el prÃncipe reprodujo, casi palabra a palabra, su epÃstola a Aglaya Ivanovna.
—¡Qué cantidad de insensateces! ¿Quieres decirme lo que significan esas tonterÃas? —preguntó severamente Lisaveta Prokofievna, que habÃa escuchado con extraordinaria atención.