El idiota
El idiota —No lo sé a punto fijo ni yo mismo. Sólo sé que las escribí a impulsos de un sentimiento sincero. Yo experimentaba entonces momentos de vida intensa y de ardientes esperanzas.
—¿Qué esperanzas?
—Me sería difícil explicarlas; pero no eran las que usted puede suponer. Yo esperaba… En una palabra, yo forjaba sueños de porvenir y de dicha; esperando que acaso alguna vez llegase a no ser un extraño allí donde vivía. Sentíame repentinamente satisfecho de estar en mi país. Una mañana de sol, tomé la pluma y escribí la carta. ¿Por qué a Aglaya Ivanovna? No lo sé… A veces siente uno la necesidad de saberse querido, y tal vez atravesara yo uno de esos momentos —concluyó Michkin, tras de una pausa.
—Estás enamorado de ella, ¿verdad?
—No. Le escribí como a una hermana. Incluso firmé: «Su hermano».
—Hum… Eso, como es fácil de comprender, lo hiciste a propósito.
—Me resulta penoso contestar preguntas así, Lisaveta Prokofievna.
—Lo sé; pero me tiene sin cuidado. Escucha y dime la verdad como si estuvieses ante Dios: ¿Me estás mintiendo o no?
—No miento.