El idiota
El idiota —¿Y es verdad que no estás enamorado de mi hija?
—Creo que es absolutamente verdadero.
—¡Crees! ¡Confiaste tu carta a un chiquillo!
—Pedà a Nicolás Ardalionovich…
—¡Te digo que a un chiquillo!
Michkin contestó firmemente, aunque sin alzar la voz:
—No a un chiquillo, sino a Nicolás Ardalionovich.
—Bien, hijo, bien… Lo tendré en cuenta… —Y tras un minuto en el que la generala se esforzó en recobrar el aliento y calmar su agitación, siguió—: ¿Y qué es eso del «hidalgo pobre»?
—No lo sé, ni creo que sea nada. Debe tratarse de una broma.
—Me alegra enterarme de ello de una vez… Pero ¿es posible que Aglaya sienta inclinación por ti? Siempre te califica de demente, de idiota…
—PodrÃa usted haber prescindido de decÃrmelo —repuso el prÃncipe, con acento de reproche, si bien casi en voz baja.