El idiota
El idiota —Aquà no hay nadie que merezca tales palabras —estalló Aglaya—. ¡No hay ni uno que valga lo que un dedo meñique de usted, lo que su alma o su corazón! ¡Es usted más honrado que todos, más noble que todos, mejor que todos, más inteligente que todos! Cuantos hay aquà son indignos de recoger el pañuelo que pueda usted dejar caer. ¿Por qué se humilla y se rebaja as� ¿Por qué ha destruido usted cuanto posee de bueno? ¿Por qué no tiene orgullo?
—¡Quién podÃa esperar esto, Dios mÃo! —exclamó la generala golpeándose las manos.
—¡El hidalgo pobre! ¡Hurra! —gritó Kolia con entusiasmo.
—¡Cállate! Y tú, ¿cómo permites que me injurien asà en tu casa? —increpó la joven a su madre. Se hallaba ya en ese estado histérico en que no se mide el alcance de las palabras—. ¿Por qué me atormentan todos desde hace tres dÃas? ¡Desde hace tres dÃas, prÃncipe, no dejan de perseguirme por culpa suya! ¡Pero yo nunca me casaré con usted por nada del mundo! ¡Sepa que no consentirÃa en ser su esposa bajo ningún pretexto! ¡Sépalo! ¿Cómo casarme con un hombre tan ridÃculo? MÃrese a un espejo y verá el aspecto que tiene. ¿Por qué me torturan repitiéndome sin cesar que voy a casarme con usted? ¡Debe usted saberlo! Está de acuerdo con ellos.