El idiota
El idiota —Nadie te ha torturado con nada —repuso Adelaida, inquieta.
—Nunca se ha hablado de ello, ni pensado siquiera —añadió Alejandra Ivanovna.
—¿Quién la ha torturado? ¿Cuándo? ¿Quién ha podido hablarle de tal cosa? ¿Se habrá vuelto loca? —preguntaba la generala dirigiéndose a todos y temblando de ira.
—¡Todos, todos, hasta el último, llevan tres dÃas machacándome los oÃdos con ello! ¡Pero jamás me casaré con él! ¡Jamás!
Y tras esta exclamación, Aglaya se deshizo en llanto. Tapóse el rostro con el pañuelo y se dejó caer en una silla.
—Pero si no ha pedido aún tu…
—No he pedido su mano, Aglaya Ivanovna —dijo Michkin, involuntariamente.
—¿Cóooomo? ¿Qué dice? —exclamó la generala, arrastrando las sÃlabas, con sorpresa, indignación y espanto, sin dar crédito a sus oÃdos.