El idiota

El idiota

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—He querido decir… he querido decir —repuso el príncipe, balbuciente—… deseaba sólo manifestar a Aglaya Ivanovna… tener el honor de explicarle que yo no tenía la intención… el honor de pedir su mano… nunca… Le aseguro, Aglaya Ivanovna, que la culpa no es mía, que no soy culpable de nada… Jamás he pensado en eso, nunca se me ha ocurrido tal idea ni se me ocurrirá. Ya lo verá: puede usted estar segura. Sin duda me ha calumniado ante usted algún malvado. ¡Tranquilícese!

Y diciendo esto se acercó a Aglaya. Ella retiró el pañuelo con que se había cubierto la cara, miró a Michkin, que parecía profundamente inquieto, recordó las palabras que acababa de dirigirle y rompió repentinamente a reír. Aquella hilaridad contagió primero a Adelaida, quien, después de contemplar un momento al príncipe, se aproximó a su hermana, la besó y dióse a reír no menos alegremente que ella. Michkin, mirándolas, sonrió también y exclamó:

—¡Loado sea Dios, loado sea Dios!

Ahora fue Alejandra quien no supo contenerse y estalló en risas, como sus hermanas. Aquella risa se prolongaba; parecía infinita.

—¡Están locas! —rezongó Lisaveta Prokofievna Primero le asustan a uno y al minuto siguiente…

Todos reían ya: el príncipe Ch., Eugenio Pavlovich, Kolia, el mismo Michkin…


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