El idiota
El idiota —Mire más atentamente. ¿Ve aquel banco verde, junto a esos tres árboles grandes?
El prÃncipe dijo que sÃ.
—¿Le gusta el lugar? Pues a veces, a las siete de la mañana, mientras todos duermen, yo voy ahà y me siento, sola…
Michkin balbució que el lugar le encantaba.
—Ahora déjeme; suélteme el brazo… O, si no, siga dándomelo, pero no hable.
No quiero que turbe mis pensamientos.
La indicación era, desde luego, superflua, porque para guardar silencio durante todo el paseo el prÃncipe no habÃa necesitado que nadie se lo ordenase. Su corazón latió con violencia cuando Aglaya le habló del banco; pero tras un minuto de reflexión alejó de su mente la absurda idea que acababa de ocurrÃrsele.