El idiota
El idiota «Esta gente es muy curiosa», pensaba el príncipe Ch., acaso por centésima vez desde que conocía a los Epanchin. Pero, curiosa o no, aquella gente le agradaba. No nos atreveríamos a afirmar que sintiese lo mismo respecto a Michkin. Cuando emprendieron el paseo, Ch. parecía algo preocupado y sombrío, Eugenio Pavlovich parecía de muy buen humor. Durante todo el camino hasta la estación del ferrocarril[12] habló alegremente con Alejandra y Adelaida, quienes reían de tal modo oyendo su charla, que él llegó a pensar que no le escuchaban siquiera. Tal pensamiento, sin que él mismo supiera explicarse por qué (seguramente porque tal era su carácter), hízole reír a su vez. Las dos jóvenes no separaban los ojos de Aglaya y Michkin, que marchaban delante. Era notorio que las desconcertaba el modo de proceder de su hermana menor. El príncipe Ch., acaso para cambiar el curso de la conversación, esforzábase en hablar de cosas triviales con la generala, sin otro resultado que aburrirla lo indecible. Lisaveta Prokofievna parecía desconcertada, contestando las preguntas sin interés y a veces de ningún modo. Aglaya, por su parte, planteó más enigmas aún durante aquel día. El último estuvo reservado a Michkin. Cuando se hallaban a cien pasos de la casa, la joven dijo a su compañero, que no pronunciaba palabra:
—Mire a la derecha.
Él volvió los ojos en aquella dirección.