El idiota
El idiota —Perdóneme ahora —interrumpió el general—, porque no me queda ni un minuto. Voy a anunciarle a Lisaveta Prokofievna. Si ella consiente en recibirle (y ya me arreglaré para presentarle de un modo que consienta), le aconsejo que aproveche la ocasión y procure agradarla, porque Lisaveta Prokofievna puede serle muy útil. Además, lleva usted su mismo apellido… Si no quiere recibirle hoy, no insistiremos: otra vez será. Echa una ojeada a esas cuentas, Gania…
Ivan Fedorovich salió y el visitante no pudo exponerle el asunto que por tres veces ya habÃa insinuado. Gania encendió un cigarrillo y ofreció otro a Michkin, quien lo aceptó, y después, sin hablar por temor a importunar el secretario, comenzó a examinar la estancia. Pero Gania apenas si miró el papel lleno de números sobre el que el general llamara su atención. ParecÃa distraÃdo; su sonrisa, su mirada, su aire de preocupación sorprendieron aún más a Michkin cuando ambos jóvenes quedaron solos. De pronto Gania se aproximó al prÃncipe, que en aquel momento examinaba el retrato de Nastasia Filipovna.
—¿Le gusta esa mujer, prÃncipe? —le interrogó a quemarropa, mirándole inquisitivamente.
Dijérase que tras aquella pregunta se ocultaba alguna intención peculiar.