El idiota
El idiota Aglaya le miró, tocóle ingenuamente el brazo y murmuró con voz rápida:
—¿Qué le pasa?
Michkin se volvió a su amiga y advirtió en sus ojos negros una luz cuyo significado no supo comprender. Quiso sonreÃr a Aglaya; pero de súbito, como olvidando la presencia de la joven, tomó los ojos hacia la derecha, buscando la extraordinaria visión que le fascinaba desde hacÃa unos instantes. Nastasia Filipovna pasó entonces ante las sillas ocupadas por las jóvenes. Eugenio Pavlovich seguÃa hablando con mucha volubilidad, contando a Alejandra Ivanovna algo que debÃa de ser muy divertido e interesante. Michkin recordó después que Aglaya habÃa cuchicheado: «¡Vaya una…!», reprimiéndose en el acto y dejando sin acabar aquella frase vaga, indefinible.
Pero habÃa bastado. Nastasia Filipovna, que avanzara hasta entonces sin fijarse en nadie, se volvió bruscamente hacia las Epanchinas y pareció reparar por primera vez en la presencia de Eugenio Pavlovich.
—¡Ah! ¡Si está aquÃ! —exclamó, deteniéndose—. ¡Ya podÃa una enviarte recados! ¿Cómo iba a encontrársele si está donde menos se esperaba? Yo te creÃa en casa de tu tÃo.
Eugenio Pavlovich, enrojeciendo, dirigió a Nastasia Filipovna una furiosa mirada. Luego volvió apresuradamente la cabeza. Ella siguió: