El idiota
El idiota No podía caber duda ya de que el proclamar con tan pública insolencia su intimidad con aquel hombre perseguía algún propósito. No obstante, Eugenio Pavlovich se había propuesto al principio no contestar a aquella actitud sino con el desdén. Pero las palabras de Nastasia Filipovna le fulminaron como un rayo. Al oír hablar de la muerte de su tío púsose blanco como una sábana y se volvió hacia su informadora. En aquel momento la generala se levantó con precipitación y, seguida por el grupo que la rodeaba, salió casi a la carrera. Michkin y Eugenio Pavlovich fueron los únicos que no se decidieron a marchar en el acto. El primero parecía irresoluto; el segundo no había recobrado aún su serenidad. Mas apenas las Epanchinas habían dado veinte pasos, se produjo una escena escandalosa. El oficial que hablara con Aglaya, y que resultó ser amigo íntimo de Radomsky (quien al parecer le había hecho anteriores confidencias), indignóse en grado extremo y dijo casi a gritos:
—Aquí se impone una buena tanda de latigazos. ¡Sin eso nunca acabaremos con esta individua!