El idiota
El idiota —¡Lo hayas olvidado! —atajó Michkin—. Estoy seguro. Apuesto a que te apresuraste a tomar el tren de Pavlovsk, que en cuanto llegaste fuiste al lugar de la música y que buscaste a Nastasia Filipovna por todas partes, entre la gente, exactamente lo mismo que hoy. ¡Y crees asombrarme diciéndome…! Pero yo estoy seguro de que, de no hallarte en un estado que no te permitÃa pensar en otra cosa, no hubieses alzado el puñal sobre mÃ. Aquel dÃa, por la mañana, mirándote, lo presentÃ. ¡No sabes el estado en que te encontrabas! Acaso la idea empezara a agitarse en mi cerebro cuando cambiamos nuestras cruces. ¿Por qué me llevaste a ver a tu madre? Era una precaución que tomabas contra ti mismo, ¿verdad? Lo hiciste sin darte cuenta, por una especie de instinto, como yo dudé de ti por instinto también. Los dos sentimos la misma impresión en aquel momento. Si tú no hubieses alzado la mano (que Dios detuvo) sobre mÃ, yo habrÃa sido muy culpable al haber sospechado en la forma que sospeché. No arrugues el entrecejo. ¿Por qué te rÃes? Dices que no estás arrepentido. Pero es que no lo estarÃas aunque quisieras, porque me odias. Y aun suponiendo que yo procediese contigo tan ingenuamente como un ángel, tú no podrÃas sufrirme jamás mientras creyeses que ella me preferÃa en perjuicio tuyo. Todo eso no son más que celos. Mas yo, Parfen Semenovich, voy a decirte la opinión que me he formado durante estos ocho dÃas: que ella te ama quizá como a nadie. ¿No lo sabÃas? Incluso te diré que cuanto más te tortura, más te ama. No te lo dice, pero se adivina. ¿Por qué, en resumen, quiere casarse contigo? Alguna vez te lo dirá ella misma. Hay mujeres que gustan de ser amadas asÃ, y ella es una. Deben de impresionarle mucho tu carácter y tu pasión por ella. ¿No sabes que una mujer es capaz de atormentar cruelmente a un hombre, de someterle a crueles sarcasmos, sin experimentar un solo remordimiento de conciencia, sólo porque se dice para sÃ: «Es verdad que le hago sufrir lo indecible; pero más tarde le compensaré con mi amor»?