El idiota
El idiota Cuando se acercaba a su casa, Michkin quedó no poco maravillado al ver una numerosa y alegre reunión en su terraza, muy iluminada. Sonaban joviales risas, altas voces; incluso se advertían señales de animada discusión. No era difícil comprender que los reunidos pasaban el tiempo de un modo muy agradable. Al subir a la terraza encontraron, en efecto, a todos bebiendo champaña. Algunos estaban ya medio beodos, lo que daba a entender que la orgía había empezado rato atrás. Los circunstantes en su totalidad eran conocidos de Michkin; pero resultaba raro que hubiesen acudido de consuno, ya que él no había invitado a nadie y sólo por casualidad recordó poco antes que era el día de su cumpleaños.
—Has dicho que invitabas a champaña y estos tipos, han acudido en tropel —gruñó Rogochin, mientras ascendían a la terraza—. Los conozco. No hay que llamarlos a grandes voces para que aparezcan —añadió con acritud delatora de que recordaba un pasado harto reciente.