El idiota
El idiota Michkin fue acogido con gritos y enhorabuenas. Todos, unos muy vehementes, otros mucho más tranquilos, le rodearon, anhelosos de felicitarle, ya que todos sabían que aquél era el aniversario de su natalicio. La presencia de ciertos visitantes, Burdovsky, sobre todo, asombró a Michkin, pero lo que le maravilló casi hasta el espanto fue ver a Eugenio Pavlovich entre los reunidos. Casi no concedía crédito a sus ojos. Lebediev se apresuró a acercarse al príncipe para darle explicaciones. Estaba muy rojo y no parecía del todo dueño de su serenidad. A través de sus confusas palabras, el príncipe comprendió que aquella gente se había congregado allí del modo más natural que pudiera darse. El primero en llegar, por la tarde, había sido Hipólito, quien, hallándose mucho mejor, resolvió esperar en la terraza, tendido en un diván, el regreso de Michkin. Sucesivamente se habían reunido en torno suyo Lebediev, con toda su familia; el general Ivolguin; Burdovsky, que acompañaba a Hipólito; Gania y Ptitzin, que cruzaron casualmente ante la casa (su llegada había coincidido con la escena de Nastasia Filipovna y el oficial); Keller, quien manifestó lo del cumpleaños y reclamó el champaña ofrecido, y, en fin, Eugenio Pavlovich, quien sólo llevaba allí media hora. Kolia, uniendo sus instancias a las de Keller, había insistido en que se celebrase a toda costa una pequeña fiesta. Lebediev, así apremiado, apresuróse a servir vino.