El idiota

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—¡Pero del mío, del mío! —aseguraba a Michkin—. Yo convido. Además tomaremos un bocado: mi hija lo está preparando ya. ¿Sabe lo que estamos discutiendo, príncipe? ¿Recuerda la frase de «Hamlet»: «Ser o no ser»? Un tema contemporáneo, moderno… Preguntas y contestaciones. El joven Terentiev está muy animado. No quiere acostarse. No ha bebido más que champaña, y eso no puede perjudicarle. Acérquese, príncipe, y corte la discusión. Todos le esperaban, todos echaban de menos su luminosa inteligencia…

Michkin percibió la bondadosa y dulce mirada de Vera Lukianovna Lebedieva, que avanzaba hacia él abriéndose camino entre los reunidos, y le tendió la mano antes que a nadie. Ella, enrojeciendo de contento, le deseó «una vida feliz a partir de aquel mismo día». Luego corrió hacia la cocina, donde los preparativos de la colación exigían su presencia. Ya desde antes de que llegara Michkin había abandonado la cocina tantas veces como pudo, para escuchar las charlas que tenían lugar en la terraza, aunque en general versasen sobre temas abstractos y harto extraños a la joven. En la habitación contigua, la hermana de Vera dormía sobre un baúl, con la boca abierta. En cambio, el hijo de Lebediev, que se sentaba entre Hipólito y Kolia, habría pasado con gusto dos horas escuchando. La animación de su rostro mostraba su interés en lo que en torno suyo se debatía.


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