El idiota

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—Le esperaba con interés y celebro verle llegar tan satisfecho —dijo Hipólito a Michkin, quien, tras recibir la felicitación de Vera, se había aproximado al enfermo para estrecharle la mano.

—¿Por qué sabe que estoy tan «satisfecho»? —preguntó el príncipe.

—Se le nota en la cara. Salude a esos señores y venga luego a sentarse a mi lado. Le esperaba con especial impaciencia —dijo Hipólito, con acento significativo.

Habiendo manifestado Michkin su temor de que una velada tan larga pudiese hacer daño al enfermo, éste contestó que le asombraba recordar que tres días antes había deseado morir, y que nunca se había sentido tan bien como esta noche.

Burdovsky, incorporándose en su silla, manifestó que «sólo había venido para acompañar a Hipólito», que en su carta de días atrás reconocía haber escrito «muchas necedades», y que ahora se encontraba «sencillamente muy contento»… Y, sin acabar, estrechó con efusión la mano del príncipe y volvió a sentarse.

Una vez que hubo cambiado cumplidos con todos, Michkin se acercó a Eugenio Pavlovich, quien le tomó por el brazo, diciéndole a media voz:

—Quisiera hablarle dos palabras a solas… Es un asunto muy importante. Separémonos un momento.


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