El idiota
El idiota —Lo malo es —dijo Michkin, tras un momento de reflexión— que sólo Dios sabe cuándo se marcharán esos amigos. ¿No serÃa mejor que saliésemos a dar una vuelta por el parque? Que me esperen y nada más. Ya les pediré que me excusen.
—No, no. Por especiales razones, no deseo que se crea que hemos tenido una conferencia extraordinaria y misteriosa. Hay aquà gente que se interesarÃa mucho por conocer el trato que nos une. ¿No lo sabÃa, prÃncipe? Más vale que mi visita se explique meramente ante su opinión como resultado de nuestras relaciones afectuosas y que no se figuren… qué sé yo. ¿Me entiende? Dentro de un par de horas se retirarán, y entonces, le ruego que me conceda veinte minutos o media hora.
—Con mucho gusto. Celebro mucho oÃrle decir que median entre nosotros relaciones afectuosas. Le agradezco mucho su amabilidad. Pero usted me dispensará si me nota algo distraÃdo. Como observará fácilmente, no consigo concentrarme en nada en este momento.
—Ya lo veo —murmuró Eugenio Pavlovich con una leve sonrisa.
ParecÃa hallarse de un humor muy jovial.
—¿Qué es lo que ve usted? —exclamó el prÃncipe, con un sobresalto.
Radomsky no contestó directamente. Continuó sonriendo y dijo: