El idiota
El idiota —Supongo, prÃncipe, que no pensará que he venido a engañarle… y de paso a hacerle hablar, ¿verdad?
Michkin acabó, por reÃr también.
—Que ha venido usted a hacerme hablar, es cosa evidente —repuso—, y quizá lo sea igualmente que a engañarme un poquito también. Pero no le temo y, aunque no lo crea, ahora todo me da lo mismo. Y como, después de todo, es usted un hombre excelente, creo que terminaremos siendo buenos amigos. Me es usted muy simpático. Eugenio Pavlovich; es usted un hombre… muy correcto, verdaderamente correcto, según me parece.
—En todo caso, es muy grato tratar con usted, sea por el motivo que fuere —concluyó Eugenio Pavlovich—. Ea, voy a vaciar una copa a su salud. Me alegro mucho de hacerle esta visita. ¡Ah! —añadió, deteniéndose—. Ese joven, Hipólito Terentiev, ¿ha venido a vivir con usted?
—SÃ.
—Parece que no va a morir lo pronto que se creÃa.
—¿Y…?
—Nada. He pasado media hora charlando con él…