El idiota
El idiota —Por supuesto, no es eso sólo por lo que venÃa —rio Radomsky—. Mañana a primera hora tengo que irme a San Petersburgo con motivo de ese lamentable asunto de mi tÃo. Imagine, querido prÃncipe, que cuanto se ha dicho es verdad. ¡Y todos lo sabÃan menos yo! Tanto me ha asombrado la noticia, que ni siquiera he visitado a la familia del general Epanchin, ni podré visitarla mañana, ya que estaré en San Petersburgo, ¿comprende? Puede que no vuelva hasta dentro de tres dÃas. Para abreviar, le diré que mis cosas marchan bastante mal. Aunque no se trate de un asunto muy grave, he creÃdo necesario mantener una franca explicación con usted, sin pérdida de tiempo, es decir, antes de marcharme. Si usted me lo permite, me quedaré aquà hasta que se vayan sus visitantes. No tengo nada que hacer y me hallo tan agitado que no lograrÃa dormirme… Además, y aunque sea incorrecto molestar a una persona sin andarse con cumplidos, le diré con franqueza, querido prÃncipe, que he venido con el propósito de apelar a su amistad. Usted es un hombre sin par, o sea, en otras palabras, que no miente usted a cada momento… y acaso no haya mentido nunca. Y yo necesito, en determinado asunto, un consejero y un amigo, porque, a decir verdad, puedo contarme ahora entre las gentes desafortunadas…
Y volvió, a reÃr.