El idiota
El idiota —¡Los ferrocarriles no! —rebatió Lebediev, con un sentimiento mixto de satisfacción intensa y violenta cólera—. Los ferrocarriles, considerados en sà mismos, aisladamente, no corrompen las fuentes de la vida; pero todo aquello de que forman parte es lo que considero maldito en conjunto: toda esta tendencia de los últimos siglos, en su aspecto cientÃfico y práctico, es lo que probablemente puede considerarse maldito, en efecto.
—¿Maldito con certeza, o sólo probablemente? Es importante discernirlo —intervino Eugenio Pavlovich con seriedad.
—¡Es maldito, maldito, maldito con toda certeza! —replicó, con vehemencia, Levediev.
—¡Prudencia, Levediev! Por las mañanas está usted mucho más ponderado —sonrió, Ptitzin.
—Pero por las noches soy más franco. ¡Por las noches soy más franco y más sincero! —afirmó fogosamente el empleado—. SÃ: más cándido, más preciso, más honrado, más respetable… Y aunque con esto le descubra mi punto débil, me tiene sin cuidado. Y yo desafÃo a todos los ateos a contestarme: ¿cómo salvarán ustedes al mundo? ¿En dónde le encontrarán un camino normal, ustedes, hombres de ciencia y de industria, partidarios de la cooperación, de los salarios y de todo lo demás? ¿En el crédito? ¿Y qué es el crédito? ¿A qué les conducirá el crédito?